((((@)))) El ojO del Camaleón.

Los papeles se pierden, el disco duro corre el riesgo de infectarse con algún virus. Algo peor y bueno a la vez, las ideas se reproducen en la mente como roedores. Y -sin importar lo interesantes que pueden ser- son reemplazadas por otras y relegadas al olvido en cuestión de segundos. Antes de que todo esto pueda acontecer, emplearé este blog.

sábado, setiembre 24, 2005

EL CAMAL

Son diecisiete toros. Bajan del camión ya marcados, uno de los obreros ha echado pintura roja en sus lomos. Suena pedante, pero -literalmente- seres superiores han marcado su destino.

Entran a la manga, una suerte de larga y angosta sala de espera, espera breve . Reciben su último baño. Diez minutos, no menos -le dice el dueño del ganado a uno de los trabajadores. Agua fría, mangueritas que simulan una lluvia casi torrencial sobre los cuerpos vacunos, indiferentes como arena bajo el sol.

Fui a tomar fotos para un futuro reportaje. No pude tomar más que estas...


















El administrador del camal me prohibió sacar la cámara otra vez "so pena de que no entres nunca más". Sería el colmo ser desterrado de un camal.

Una puerta se abre, la del inicio de la manga. Entra el primer toro. Cierran la puerta. Encima de él está el asesino (¿así no se le llama al que mata?). En sus manos, una pistola de aire comprimido (según me explicaron) que traspasa el cráneo, oxigena el cerebro y paraliza a las bestias. Un ocasional bramido es la última sonoridad de su vida animal. Apunta a la sien. Golpe seco, perfecto. El animal cae. Ojos abiertos, lengua afuera, baba. Se abre una compuerta lateral y resbala. Muchas veces, el corazón puede seguir latiendo, pero ya se está muerto.

Un cómplice del asesino jala una cadena que usa para colgar al toro de una pata. Coge un cuchillo. Una. Dos. Tres. Incisiones gigantescas hacen del cuello una pileta imperfecta. Sangre que bota vapor al contacto con el agua fría que hay en el piso. Cuatro metros detrás el agua y la sangre se separan en sendos ductos. ¿Cómo, antes no se habían mezclado?

Salimos un rato. Lo olvidaba, el hermano de una buena amiga fue quien me llevó al lugar. Dirige el negocio familiar, crianza de ganada lechero y de carne. Los diecisiete animalitos eran suyos. De Junín, los de Puno tienen el cuero más grueso y más pelo también, explica.

La naturalidad como la de quien pela habas o desgrana un maíz no me asombra. Ya desangrado, uno empieza a desenmascarar la cabeza; saca la piel con un cuchiilo, los ojos se desorbitan. Pobres. Los animales, digo.

Se les saca el cuero y luego la grasa enmarañada al cuerpo. Cortan hasta la mitad del vientre. Un bulto sale. La vaca tiene cuatro estómagos, me dicen. Este es el hígado, el bofe o pulmones. No vas a querer ver el rachi, agregan. El mondongo lo limpian dos hombres; es la venganza de sus esposas, estoy seguro de ello: escobilla, agua caliente y a trabajar se ha dicho, raspe y raspe hasta que quedar blanquito como las toallas de baño.

Aparece un hombre en una de las puertas. Su cara es conocida. Tiene una fijación por el maletín en donde llevo la cámara. Me mira, algo de sospecha en su vista. Hace unas semanas, en Cuarto Poder (dominical programa de Anérica TV), él mismo arrojaba piedras y escupía vilipendios al reportero y cámara del programa. Luis Toledo Manrique, hermano mayor del cholo duro y sagrado, iba a recoger un chancho ya listo para comer. Mejor no saco la cámara, no vaya a ser que me agarre a piedrones, digo. No me percaté que etsaba a dos metros de mí. Me mira, calla y mira su carro. Posiblemente debe estar malidiciendo a los periodistas metiches, jodidos, carajo: ahora es una Cherokee vieja, maltratada, cuyos retrovisores chuecos y rotos le dan desequilibrio de vizco. Ya no tiene guardaespaldas ni chofer. El periodismo a veces sirve.

Los cuerpos ya partidos por la mitad permiten ver donde iba el tuétano y no paro de pensar en las hermosas fotografías que pudieron haber salido. Desfinal colgadas hacia el frigorífico y ya dentro, cerca de cero grados, me imagino en una foto entre las carnes. Alucinante. Me doy un poco de miedo.

Sago triunfante y derrotado. No se puede tener todo en esta vida. Termino tomando fotos en la granja de mi amiga. Están descornando a algunos toretes. Algunos gran daneses ladran y husmean la cámara. SOn lo suficientemente altos para hacerlo. El terreno casi colinda con El Gran Chaparral, nombre con que don Lucho Toledo llama a sus dominios que defiende a piedras e insultos.

Todo esto fue en Lurín. Regreso a Lima seguro de que mi indiferencia se hubiera esfumado si en lugar de toros hubieran sido perros, gatos o algún otro animal que no ha nacido para morir.






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3 Comments:

Blogger Angel Castillo Fernández said...

No pude avanzar más allá del segundo párrafo. No soportaria ver a un animal sufrir así.

mié. set. 28, 12:56:00 a.m.  
Anonymous Anónimo said...

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dom. ago. 06, 03:27:00 p.m.  
Anonymous Anónimo said...

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vie. ago. 11, 09:34:00 a.m.  

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